" Casi todo lo humano está en la infancia. Cuando esa etapa ha sido feliz, sana, llena de afecto y bien enfocada, uno sale fuerte para todo ".

Enrique Rojas

lunes, 15 de febrero de 2010

HUGO MUJICA

Nació en Buenos Aires en 1942. Estudió Bellas Artes, Filosofía, Antropología Filosófica y Teología. Esta gama de estudios se refleja en la variación de su obra que abarca tanto la filosofía, como la antropología, la narrativa como la mística y sobre todo la poesía.

Entre sus principales libros de ensayos se cuentan "Kyrie Eleison" (1991), "Kénosis" (1992), "La palabra inicial" (1995), "Flecha en la niebla" (1997), "Poéticas del vacío" (2002), "Lo naciente" (2007), "La casa y otros ensayos" (2008) y "La pasión según Georg Trakl" (2009). "Solemne y mesurado" (1990) y "Bajo toda la lluvia del mundo" (2008), son sus dos libros de cuentos.

Su obra poética, iniciada en 1983, ha sido editada en Argentina, España, Italia, Francia, México, Estados Unidos y Eslovenia, en 2005 Seix Barral la publicó en "Poesía completa. 1983-2004". Su vida y sus viajes han sido el material principal de su obra, hitos como el haber vivido y participado de la década de los 60 en el Greenwich Village de Nueva York, como artista plástico, o el haber callado durante siete años en el silencio de la vida monástica de la Orden Trapense, donde comenzó a escribir, son algunos de los mojones de su historia.


BIBLIOGRAFÍAS

1983. "BRASA BLANCA". Ed. Sitio del Silencio. (Poesía) -Agotado-

1984. "SONATA DE VIOLONCELLO Y LILAS". Ed. Sitio del Silencio. (Poesía) -Agotado-

1985. "CAMINO DEL NOMBRE". Ed. Patria Grande. (Ensayo) -Agotado-

1986. "RESPONSORIALES". Ed. El Imaginero. (Poesía. Prólogo de Humberto Días Casanueva) -Agotado-

1987. "ORIGEN Y DESTINO. De la memoria del poeta presocrático a la esperanza del poeta en la obra de Heidegger". Ed. Carlos Lohlé. (Ensayo) -Agotado-

1987. "ESCRITO EN UN REFLEJO". Ed. El imaginero. (Poesía) -Agotado-

1989. "CAMINO DE LA PALABRA". Ed. Paulinas. (Ensayo) -Agotado-

1990. "SOLEMNE Y MESURADO". Ed. Losada. (Cuentos. Prólogo de Ernesto Sábato)

1991. "KYRIE ELEISON". Ed. Troquel-Estaciones. (Ensayo)

1992. "KÉNOSIS". Ed. Troquel-Estaciones. (Ensayo)

1993. "PARAÍSO VACÍO" Ed. Troquel. (Poesía)

1995. "PARA ALBERGAR UNA AUSENCIA" Ed. Pre-textos. España. (Poesía) -Agotado-

1995. "LA PALABRA INICIAL. La mitología del poeta en la obra de Heidegger". Ed. Trotta. España. (Ensayo)

1997. "FLECHA EN LA NIEBLA. Identidad, palabra y hendidura". Ed. Trotta. España. (Ensayo)

1999. "NOCHE ABIERTA". Ed. Pre-textos. España. (Poesía)

2000. "NOTTE APERTA". Antonio Pellicani Editore. Roma, Italia.

2001. "SED ADENTRO". Ed. Pre-textos. España. (Poesía)

2002. "POÉTICAS DEL VACÍO" Ed. Trotta. España. (Ensayo)

2004. "CASI EN SILENCIO". Ed. Pre-textos. España. (Poesía)

2005. "POESÍA COMPLETA -1983-2004". Ed. Seix Barral.

2007. "LO NACIENTE. Pensando el acto creador". Ed. Pre-textos. España. (Ensayo poético)

2008. "BAJO TODA LA LLUVIA DEL MUNDO". Ed. Seix Barral. (Relatos)

2008. “POESIE SCELTE”. Raffaelli Editore. Rimini Italia. (Poesía)

2008. “WHAT THE EMBRACE EMBRACES”. Coimbra Editions. San Francisco U.S.A.

(Poesía)

2008. “LA CASA Y OTROS ENSAYOS”. Vaso Roto Ediciones. Monterrey, México.

2008. “PESMI”. Ed. Kud. Ljubljana, Eslovenia. (Poesía)

2009. “LA PASIÓN SEGÚN GEORG TRAKL. POESÍA Y EXPIACIÓN”. Ed. Trotta.

España. (Ensayo)

2009. “MÁS HONDO”. Vaso Roto Ediciones. México. (Poesía)

2010. “FRAGMENTOS DE LA CREACIÓN”. Ediciones Monte Carmelo. México



Rashòmon ( cuento de Ryunosuke)


Era un frío atardecer.

Bajo Rashòmon, el sirviente de un samurai esperaba que cesara la lluvia. No había nadie en el amplio portal. Sólo un grillo se posaba en una gruesa columna, cuya laca carmesí estaba resquebrajada en algunas partes. Situado Rashòmon en la Avenida Sujaku, era de suponer que algunas personas, como ciertas damas con el ichimegasa o nobles con el momieboshi, podrían guarecerse allí; pero al parecer no había nadie fuera del sirviente. Y era explicable, ya que en los últimos dos o tres años la ciudad de Kyoto había sufrido una larga serie de calamidades: terremotos, tifones, incendios y carestías la habían llevado a una completa desolación. Dicen los antiguos textos que la gente llegó a destruir las imágenes budistas y otros objetos de culto, y esos trozos de madera, laqueada y adornada con hojas de oro y plata, se vendían en la calle como leña. Ante semejante situación, resultaba natural que nadie se ocupara de restaurar Rashòmon. Aprovechando la devastación del edificio, los zorros y otros animales instalaron sus madrigueras entre las ruinas; por su parte, ladrones y malhechores no lo desdeñaron como refugio, hasta que finalmente se le vio convertido en depósito de cadáveres anónimos. Nadie se acercaba por los alrededores al anochecer, más que nada por su aspecto sombrío y desolado.

En cambio, los cuervos acudían en bandadas desde los más remotos lugares. Durante el día volaban en círculo alrededor de la torre, y en el cielo enrojecido del atardecer sus siluetas se dispersaban como granos de sésamo antes de caer sobre los cadáveres abandonados.

Pero ese día no se veía ningún cuervo, tal vez por ser demasiado tarde. En la escalera de piedra, que se derrumbaba a trechos y entre cuyas grietas crecía la hierba, podían verse los blancos excrementos de estas aves. El sirviente vestía un gastado kimono azul, y sentado en el último de los siete escalones contemplaba distraídamente la lluvia, mientras concentraba su atención en el grano de la mejilla derecha.

Como decía, el sirviente estaba esperando que cesara la lluvia; pero de cualquier manera no tenía ninguna idea precisa de lo que haría después. En circunstancias normales, lo natural habría sido volver a casa de su amo; pero unos días antes éste lo había despedido, no obstante los largos años que había estado a su servicio. El suyo era uno de los tantos problemas surgidos del precipitado derrumbe de la prosperidad de Kyoto.

Por eso, quizás, hubiera sido mejor aclarar: "el sirviente espera en el portal sin saber qué hacer, ya que no tiene adónde ir". Es cierto que, por otra parte, el tiempo oscuro y tormentoso había deprimido notablemente el sentimentalismo de este sirviente de la época Heian.

Habiendo comenzado a llover a mediodía, todavía continuaba después del atardecer. Perdido en un mar de pensamientos incoherentes, buscando algo que le permitiera vivir desde el día siguiente y la manera de obrar frente a ese inexorable destino que tanto le deprimía, el sirviente escuchaba, abstraído, el ruido de la lluvia sobre la Avenida Sajaku.

La lluvia parecía recoger su ímpetu desde lejos, para descargarlo estrepitosamente sobre Rashòmon, como envolviéndolo. Alzando la vista, en el cielo oscuro veíase una pesada nube suspendida en el borde de una teja inclinada.

"Para escapar a esta maldita suerte"- pensó el sirviente-, "no puedo esperar a elegir un medio, ni bueno ni malo pues si empezara a pensar, sin duda me moriría de hambre en medio del camino o en alguna zanja; luego me traerían aquí, a esta torre, dejándome tirado como a un perro. Pero si no elijo..." Su pensamiento, tras mucho rondar la misma idea, había llegado por fin a este punto. Pero ese "si no elijo..." quedó fijo en su mente. Aparentemente estaba dispuesto a emplear cualquier medio; pero al decir "si no..." demostró no tener el valor suficiente para confesarse rotundamente: "no me queda otro remedio que convertirme en ladrón".

Lanzó un fuerte estornudo y se levantó con lentitud. El frío anochecer de Kyoto hacía añorar el calor del fuego. El viento, en la penumbra, gemía entre los pilares. El grillo que se posaba en la gruesa columna había desaparecido.

Con la cabeza metida entre los hombros paseó la mirada en torno del edificio; luego levantó las hombreras del kimono azul que llevaba sobre una delgada ropa interior. Se decidió por fin a pasar la noche en algún lugar que le permitiera guarecerse de la lluvia y del viento, en donde nadie lo molestara.

El sirviente descubrió otra escalera ancha, también laqueada, que parecía conducir a la torre. Ahí arriba nadie lo podía molestar, excepto los muertos. Cuidando de que no se deslizara su katana de la vaina sujeta a la cintura, el sirviente puso su pie calzado con zöri sobre el primer peldaño.

Minutos después en la mitad de la amplia escalera que conducía a la torre de Rashòmon, un hombre acurrucado como un gato, con la respiración contenida, observaba lo que sucedía más arriba. La luz procedente de la torre brillaba en la mejilla del hombre, una mejilla que bajo la corta barba descubría un grano colorado purulento. El hombre, es decir el sirviente, había pensado que dentro de la torre sólo hallaría cadáveres, pero subiendo dos o tres escalones notó que había luz, y que alguien la movía de un lado a otro. Lo supo cuando vio su reflejo mortecino, amarillento, oscilando de un modo especial en el techo cubierto de telarañas. ¿Qué clase de persona encendería esa luz en Rashòmon, en una noche de lluvia como aquella?

Silencioso como un lagarto, el sirviente se arrastró hasta el último peldaño de la empinada escalera. Con el cuerpo encogido todo lo posible y el cuello estirado, observó medrosamente el interior de la torre.

Confirmando los rumores, vio allí algunos cadáveres tirados negligentemente en el suelo. Como la luz de la llama iluminaba escasamente a su alrededor, no pudo distinguir la cantidad; únicamente pudo ver algunos cuerpos vestidos y otros desnudos, de hombres y mujeres. Los hombros, el pecho y otras partes recibían una luz agonizante, que hacía más densa la sombra en los restantes miembros. Unos con la boca abierta, otros con los brazos extendidos, ninguno daba más señales de vida que un muñeco de barro. Al verlos entregados a ese silencio eterno, el sirviente dudó que hubiesen vivido alguna vez.

El hedor que despedían los cuerpos ya descompuestos le hizo llevar rápidamente la mano a la nariz. Pero un instante después olvidó ese gesto. Una impresión más violenta anuló su olfato al ver que alguien estaba inclinado sobre los cadáveres.

Era una vieja escuálida, canosa y con aspecto de mona, vestida con un kimono de tono ciprés. Sosteniendo con la mano derecha una tea de pino, observaba el rostro de un muerto, que por su larga cabellera parecía una mujer.

Poseído más por el horror que por la curiosidad, el sirviente contuvo la respiración por un instante, sintiendo que se le erizaban los pelos. Mientras observaba aterrado, la vieja colocó su tea entre dos tablas del piso, y sosteniendo con una mano, la cabeza que había estado mirando, con la otra comenzó a arrancarle el cabello, uno por uno; parecía desprenderse fácilmente.

A medida que el cabello se iba desprendiendo, cedía gradualmente el miedo del sirviente; pero al mismo tiempo se apoderaba de él un incontenible odio hacia esa vieja. Ese odio -pronto lo comprobó- no iba dirigido sólo contra la vieja, sino contra todo lo que simbolizase "el mal", por el que ahora sentía vivísima repugnancia. Si en ese instante le hubiera sido dado elegir entre morir de hambre o convertirse en ladrón -el problema que él mismo se había planteado hacía unos instantes- no habría vacilado en elegir la muerte. El odio y la repugnancia ardían en él tan vivamente como la tea que la vieja había clavado en el piso.

Él no sabía por qué aquella vieja robaba cabellos; por consiguiente, no podía juzgar su conducta. Pero a los ojos del sirviente, despojar de las cabelleras a los muertos de Rashòmon, y en una noche de tormenta como ésa, cobraba toda la apariencia de un pecado imperdonable. Naturalmente, este nuevo espectáculo le había hecho olvidar que sólo momentos antes él mismo había pensado hacerse ladrón.

Reunió todas sus fuerzas en las piernas, y saltó con agilidad desde su escondite; con la mano en su katana, en una zancada se plantó ante la vieja. Volviese esta aterrada, y al ver al hombre, retrocedió bruscamente, tambaleándose.

-¡Adónde vas, vieja infeliz! -gritó cerrándole el paso, mientras ella intentaba huir pisoteando los cadáveres.

La suerte estaba echada. Tras un breve forcejeo el hombre tomó a la vieja por el brazo (de puro hueso y piel, más bien parecía una pata de gallina), y retorciéndoselo, la arrojó al suelo con violencia:

-¿Qué estabas haciendo? Contesta, vieja; sino, hablará esto por mí.

Diciendo esto, el sirviente la soltó, desenvainó su katana y puso el brillante metal frente a los ojos de la vieja. Pero ésta guardaba un silencio malicioso, como si fuera muda. Un temblor histérico agitaba sus manos y respiraba con dificultad, con los ojos desorbitados. Al verla así, el sirviente comprendió que la vieja estaba a su merced. Y al tener conciencia de que una vida estaba librada al azar de su voluntad, todo el odio que había acumulado se desvaneció, para dar lugar a un sentimiento de satisfacción y de orgullo; la satisfacción y el orgullo que se sienten al realizar una acción y obtener la merecida recompensa. Miró el sirviente a la vieja y suavizando algo la voz, le dijo:

--Escucha. No soy ningún funcionario del Kebiishi. Soy un viajero que pasaba accidentalmente por este lugar. Por eso, no tengo ningún interés en prenderte o en hacer contigo nada en particular. Lo que quiero es saber qué estabas haciendo aquí hace un momento.

La vieja abrió aún más los ojos y clavó su mirada en el hombre; una mirada sarcástica, penetrante, con esos ojos sanguinolentos que suelen tener ciertas aves de rapiña. Luego, como masticando algo, movió los labios, unos labios tan arrugados que casi se confundían con la nariz. La punta de la nuez se movió en la garganta huesuda. De pronto, una voz áspera y jadeante como el graznido de un cuervo llegó a los oídos del sirviente.

--Yo, sacaba los cabellos... sacaba los cabellos... para hacer pelucas.

Ante una respuesta tan simple y mediocre el sirviente se sintió defraudado. La decepción hizo que el odio y la repugnancia le invadieran nuevamente, pero ahora acompañados por un frío desprecio. La vieja pareció adivinar lo que el sirviente sentía en ese momento y, conservando en la mano los largos cabellos que acababa de arrancar, murmuró con su voz sorda y ronca:

---Ciertamente, arrancar los cabellos a los muertos puede parecerle horrible, pero ninguno de éstos merece ser tratado de mejor modo. Esa mujer, por ejemplo, a quien le saqué estos hermosos cabellos negros, acostumbraba vender carne de víbora desecada en la Barraca de los Guardianes, haciéndola pasar nada menos que por pescado. Los guardianes decían que no conocían pescado más delicioso. No digo que eso estuviese mal pues de otro modo se hubiera muerto de hambre. ¿Qué otra cosa podía hacer? De igual modo podría justificar lo que yo hago ahora. No tengo otro remedio, si quiero seguir viviendo. Si ella llegara a saber lo que le hago, posiblemente me perdonaría.

Mientras tanto el sirviente había guardado su katana, y con la mano izquierda apoyada en la empuñadura, la escuchaba fríamente. La derecha tocaba nerviosamente el grano purulento de la mejilla. Y en tanto la escuchaba, sintió que le nacía cierto coraje, el que le faltara momentos antes bajo el portal. Además, ese coraje crecía en dirección opuesta al sentimiento que lo había dominado en el instante de sorprender a la vieja. El sirviente no sólo dejó de dudar (entre elegir la muerte o convertirse en ladrón) sino que en ese momento el tener que morir de hambre se había convertido para él en una idea absurda, algo por completo ajeno a su entendimiento.

--¿Estás segura de lo que dices?-- preguntó en tono malicioso y burlón.

De pronto quitó la mano del grano, avanzó hacia ella y tomándola por el cuello con rudeza:

--Y bien, no me guardarás rencor si te robo, ¿verdad? Si no lo hago, también yo me moriré de hambre.

Seguidamente, despojó a la vieja de sus ropas, y como ella tratara de impedirlo aferrándose a las piernas, de un puntapié la arrojó entre los cadáveres. En cinco pasos el sirviente estuvo en la boca de la escalera; y en un abrir y cerrar de ojos, con la amarillenta ropa bajo el brazo, descendió los peldaños hacia la profundidad de la noche.

Un momento después la vieja, que había estado tendida como un muerto más, se incorporó, desnuda. Gruñendo y gimiendo, se arrastró hasta la escalera, a la luz de la antorcha que seguía ardiendo. Asomó la cabeza al oscuro vacío y los cabellos blancos le cayeron sobre la cara.

Abajo, sólo la noche negra y muda.

Adónde fue el sirviente, nadie lo sabe.

Escrito en 1915.

Ryunosuke Akutagawa


Ryunosuke Akutagawa (1892-1927),fue un escritor japonés nacido en Tokio, en 1892. Realizó sus estudios en la Universidad de su ciudad natal.

En sus obras se describe y plasma las formas de vida del Japón feudal, en una mezcla de la antigua literatura japonesa con las influencias de la narrativa europea de autores como France, Wilde, Symonds, Loti. Sus escritos neorrealistas reaccionan contra el naturalismo y el neorromanticismo. Fue ensayista, poeta, crítico y cuentista, con estilo y técnica brillantes.

El primer cuento que publicó fue Rashomon, en 1915. Fue combinado con un relato posterior, "En el bosque", para ser usados como argumento para el rodaje de la película Rashomon (1950), dirigida por el director de cine japonés Akira Kurosawa.

Escribió otros cuentos como La nariz, Kesa y Moritò, En el bosque, El biombo del infierno. Su última obra importante fue El engranaje (1927), una fábula sobre criaturas semejantes a duendes que reflejaba su depresión de aquella época.

Se suicidó en julio de 1927.

En Argentina, muchos de sus cuentos fueron traducidos por el artista Kazuya Sakai.


domingo, 14 de febrero de 2010

Alvaro Uribe

México (Ciudad de México, 1953)

Nacido en Ciudad de México en 1953, se licenció en Filosofía por la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México). Al servicio del gobierno mexicano ha efectuado labores de agregado cultural de la embajada en Managua (Nicaragua) y ha sido consejero cultural en Francia.

En París editó la revista Altaforte, de publicación bilingüe español-francés. Sus obras gozan de gran consideración de crítica y público y han sido traducidas al francés, inglés y alemán. Obras suyas son Topos (1980), El cuento de nunca acabar (1981), La audiencia de los pájaros (1986), La linterna de los muertos (1988), Recordatorio de Federico Gamboa (1999), La otra mitad (1999) y La parte ideal (2006), entre otras. Con El taller del tiempo ganó el I Premio de Narrativa Antonin Artaud. Tanto esta como otras de sus obras (Por su nombre, La lotería de San Jorge y Expediente del atentado) han sido publicadas en España por Tusquets Editores.

Considerado uno de los mejores estilistas de su generación en México, su prosa fue abandonando cierta rigidez de sus primeros tiempos para llegar a ser cualificada de virtuosa por la crítica especializada.


Premios

Premio nadaísta de poesía Cassius Clay, 1967

Premio nacional de poesía Eduardo Cote Lamus, 1983

Premio nacional de poesía Universidad de Antioquia, 1983



Ha recibido numerosos homenajes y su obra ha sido profusamente antologada, estudiada y difundida en distintos libros, revistas, periódicos y medios audiovisuales. Por más de dos décadas ha ejercido como maestro tallerista de jóvenes poetas en la Biblioteca Pública Piloto de Medellín.


Jaime Jaramillo Escobar

Jaime Jaramillo Escobar (Pueblo Rico, 1932) es un poeta colombiano conocido también por su seudónimo X-504. Co-fundó con Gonzalo Arango y otros escritores el nadaísmo, movimiento de índole contestataria que cambió la percepción de la literatura y el arte colombianos a mediados de los años 60. Su propia obra se caracteriza por la ironía, el sarcasmo, los juegos paródicos del lenguaje popular, la irreverencia y el tono sentencioso con el que satiriza la sociedad y sus instituciones.

Obras publicadas

Poemas de la Ofensa (1968).

Extracto de poesía (1982).

Sombrero de Ahogado (1983).

Poemas de tierra caliente (1985).

Selecta (Antología,1987).

Alheña y Azúmbar (1988).

Poemas Principales (2000).

El ensayo en Antioquia (2003).

Barba Jacob para hechizados (ensayo, 2005).

Método fácil y rápido para ser poeta (ensayos sobre la creación poética, 2005).

Premios

Premio nadaísta de poesía Cassius Clay, 1967

Premio nacional de poesía Eduardo Cote Lamus, 1983

Premio nacional de poesía Universidad de Antioquia, 1983

Ha recibido numerosos homenajes y su obra ha sido profusamente antologada, estudiada y difundida en distintos libros, revistas, periódicos y medios audiovisuales. Por más de dos décadas ha ejercido como maestro tallerista de jóvenes poetas en la Biblioteca Pública Piloto de Medellín.

Mamá negra

Cuando mamá negra hablaba del Chocó

le brillaba la cadena de oro en el pescuezo,

su largo pescuezo para beber agua en las totumas,

para husmear el cielo,

para chuparles la leche a los cocos.

Su pescuezo largo para dar gritos de colores con las guacamayas,

para hablar alto entre las vecinas,

para ahogar la pena,

y para besar a su negro, que era alto hasta el techo.

Su pescuezo flexible para mover la cabeza en los bailes,

para reír en las bodas.

Y para lucir la sombrilla y para lucir el habla.

Mamá negra tenía collares de gargantilla en los baúles,

prendas blancas colgadas detrás del biombo de bambú,

pendientes que se bamboleaban en sus orejas,

y un abanico de plumas de ángel para revolver el aire.

Su negro le traía mucho lujo del puerto cada vez que venían los barcos,

y la casa estaba llena de tintineantes cortinas de conchas y de abalorios,

y de caracoles para tener las puertas y para tener las ventanas.

Mamá negra consultaba el curandero a propósito del tabardillo,

les prendía velas a los santos porque le gustaba la candela,

tenía una abuela africana de la que nunca nos hablaba,

y tenía una cosa envuelta en un pañuelo,

un muñequito de madera con el que nunca nos dejaba jugar.

Mamá negra se subía la falda hasta más arriba de la rodilla para pisar el agua,

tenía una cola de sirena dividida en dos pies,

y tenía también un secreto en el corazón,

porque se ponía a bailar cuando oía el tambor del mapalé.

Mamá negra se movía como el mar entre una botella,

de ella no se puede hablar sin conservar el ritmo,

y el taita le miraba los senos como si se los hubiera encontrado en la playa.

Senos como dos caracoles que le rompían la blusa,

como si el sol saliera de ellos,

unos senos más hermosos que las olas del mar.

Mamá negra tenía una falda estrecha para cruzar las piernas,

tenía un canto triste, como alarido de la tierra,

no le picaba el aguardiente en el gaznate,

y, si quería, se podía beber el cielo a pico de estrella.

Mamá negra era un trozo de cosa dura, untada de risa por fuera.

Mi taita dijo que cuando muriera

iba a hacer una canoa con ella.

Jaime Sabines

Poeta y ensayista mexicano nacido en Tuxtla Gutiérrez en 1926.
Se radicó en Ciudad de México desde 1949 cuando inició sus estudios de Filosofía y Letras. Aunque escribió
sus primeros poemas antes de los dieciocho años, fue allí en la universidad donde publicó «Horal» a la edad de
veintitrés años. Un recuento de sus poemas fue publicado por la UNAM en 1962.
En 1965 tras su visita a Cuba para servir como jurado del Premio Casa de las Américas, sufrió un gran desencanto
con las tendencias izquierdistas, sentimiento que dejó plasmado en su libro «Yuria» publicado en 1967.
Su obra tiene un marcado acento informal que lo convierte en un poeta de todos los tiempos. Su prosa vehemente
y su verso sentido y sensual, nos hacen viajar por un mundo de realidades vividas.
En 1985 recibió el Premio Nacional de Ciencias y Artes. En 1986, con motivo de sus sesenta años, fue homenajeado
por la UNAM y el INBA. Ese mismo año el Gobierno del Estado de Tabasco le entregó el Premio Juchimán de Plata.
En 1991, el Consejo Consultivo le otorgó la Presea Ciudad de México y en 1994 el Senado de la República lo condecoró
con la medalla Belisario Domínguez.
Por su libro «Pieces of Shadow» («Fragmentos de sombra»), antología de su poesía traducida al inglés y editada en
edición bilingüe, obtuvo el Premio Mazatlán de Literatura 1996.
Tras una larga enfermedad falleció en Ciudad de México en 1999.

Horal (1950)

Lento, amargo animal

Yo no lo sé de cierto

Los amorosos

Entresuelo

Horal

Uno es el hombre

Yo no lo sé de cierto, pero supongo

Me gustó que lloraras

Es la sombra del agua

Mi corazón emprende

Miss X


Yuria (1967)

Cuba 65

Espero curarme de ti

¡Qué costumbre tan salvaje...

Cuando tengas ganas de morirte

Te quiero porque tienes las partes

El mediodía en la calle

Esta mañana imaginé mi muerte

Pétalos quemados

Cuando estuve en el mar

Me dueles

Canonicemos a las putas

Autonecrología

Soy mi cuerpo

Me preocupa el televisor

Helena Araújo

Bogotá, 1934. Mucho le debemos las escritoras hispanoamericanas a esta mujer, bogotana de nacimiento pero radicada hace años en Lausana, Suiza, en la difusión en Europa y Estados Unidos de obras e investigaciones que de otro modo pasarían desapercibidas. Helena Araújo es hoy respetada y conocida, no solo como escritora de cuentos y de novelas en los que descubrimos una voz profunda y libertaria, sino como investigadora, ensayista y profesora, especialmente dedicada al estudio de la escritura de las mujeres.

Publicaciones
La M de las moscas, relatos .
La Scherezada criolla, ensayos.
Signos y mensajes, ensayos.
Fiesta en Teusaquillo, novela.
Las cuitas de Carlota, novela.